
... E Iker besó a Sara Carbonero. Es el broche de oro para una final que le dio a España su primer mundial y de la que saco varias conclusiones.
Mi vena más ácida –a la que hoy voy a dar poca cancha- confirma algo que ya sospechaba: que el concepto de ‘pan y circo’ tan arraigado entre los romanos pre-cristianos, sigue vigente, en tanto en cuanto que por una noche, la sociedad española saltó a la calle, eufórica, olvidándose de los problemas internos –que tenemos muchos-: de la crisis, del paro, del futuro incierto... porque lo que sí eraverdad es que un puñado de compatriotas habían hecho historia, a pesar de haber recibido patadas pata aburrir.
Y eso es todo lo que le voy a permitir a mi vena ácida hoy.
Porque el resto de las conclusiones que saco o lo que me viene a la mente no me diferencia mucho del resto de los españoles –y lo digo sin pena ninguna-: yo también me emocioné; a mí también me hacía falta. También grité hasta quedarme afónico, salí a la calle a tirar petardos, acabé con todas las provisiones de cerveza de mi frigorífico, me bañé en la fuente más cercana, envuelto en la bandera... con el corazón henchido de orgullo patrio tras haber vuelto a poner de moda los nuestros la famosa ‘pica en Flandes’. Demostrando que orgullo, garra y pundonor pueden más que medir 1,90 y propinar patadas a diestro y siniestro (¿se libró alguno de los de La Roja de recibir?).
Y hablando de patadas, a alguien además de a mí le pareció que alguno de los españoles iba a devolver alguna llegado el caso. Hablo del propio Iniesta, que lo hizo mucho mejor, provocando un dolor más duradero, el de la derrota, con el gol que nos daba la final... ¿Es posible que nadie notara que el pequeño jugador estuvo a punto en un par de ocasiones de devolver la misma moneda, de puro harto? No es un reproche es exponer que, de haber querido, habríamos sido igual de marrulleros pero al final fuimos por el camino correcto: el camino a la gloria.
Orgullo patrio
El caso es que se ganó y lo que verdaderamente me sorprende es ver cómo el fútbol ha sido capaz de unir a un país y sacar el orgullo –más o menos escondido- de los españoles por sus colores. Porque –y aquí es donde sale mi lado más patriota (algunos, pasada la emoción, me llamarán facha)- somos un gran país, pero se nos suele olvidar. Somos el país de Cervantes, el país de los descubridores, de Pablo Picasso, de Ferrán Adriá, de la pierna derecha de Villa y, de paso, de la izquierda (esto es un homenaje a ‘Love Actually’, para el que no lo haya notado)... pero, como he dicho, se nos olvida. Nos acomplejamos ante otras potencias cuyos individuos son, en el mejor de los casos, más altos y más rubios, pero nada más.
Tenemos una cultura, tenemos una historia que nos avala como un gran pueblo y, si bien no se trata de dejarnos poseer por el espíritu de Carlos I o de Felipe II y ponernos a retomar territorios que una vez nos pertenecieron, de lo que sí se trata es de saber que PO-DE-MOS. En el fútbol y en la vida. Si reconocemos nuestros errores y nos lo proponemos siempre, en cualquier ámbito PO-DE-MOS.
Y, en otro orden de cosas y volviendo al principio, no sé si se producirán, pero no pienso unirme a las críticas a Iker por el beso a su novia en horas de trabajo (de ésta). Si yo hubiera sido él, también la habría besado. ¡Ole por el capitán de la selección, que con ésta se crece y es el mejor guardameta con el que se pueda contar! ¡Ole por su actuación, ole por sus lágrimas de emoción al finalizar el partido y ole, por supuesto, por el beso a Carbonero!
Mi vena más ácida –a la que hoy voy a dar poca cancha- confirma algo que ya sospechaba: que el concepto de ‘pan y circo’ tan arraigado entre los romanos pre-cristianos, sigue vigente, en tanto en cuanto que por una noche, la sociedad española saltó a la calle, eufórica, olvidándose de los problemas internos –que tenemos muchos-: de la crisis, del paro, del futuro incierto... porque lo que sí eraverdad es que un puñado de compatriotas habían hecho historia, a pesar de haber recibido patadas pata aburrir.
Y eso es todo lo que le voy a permitir a mi vena ácida hoy.
Porque el resto de las conclusiones que saco o lo que me viene a la mente no me diferencia mucho del resto de los españoles –y lo digo sin pena ninguna-: yo también me emocioné; a mí también me hacía falta. También grité hasta quedarme afónico, salí a la calle a tirar petardos, acabé con todas las provisiones de cerveza de mi frigorífico, me bañé en la fuente más cercana, envuelto en la bandera... con el corazón henchido de orgullo patrio tras haber vuelto a poner de moda los nuestros la famosa ‘pica en Flandes’. Demostrando que orgullo, garra y pundonor pueden más que medir 1,90 y propinar patadas a diestro y siniestro (¿se libró alguno de los de La Roja de recibir?).
Y hablando de patadas, a alguien además de a mí le pareció que alguno de los españoles iba a devolver alguna llegado el caso. Hablo del propio Iniesta, que lo hizo mucho mejor, provocando un dolor más duradero, el de la derrota, con el gol que nos daba la final... ¿Es posible que nadie notara que el pequeño jugador estuvo a punto en un par de ocasiones de devolver la misma moneda, de puro harto? No es un reproche es exponer que, de haber querido, habríamos sido igual de marrulleros pero al final fuimos por el camino correcto: el camino a la gloria.
Orgullo patrio
El caso es que se ganó y lo que verdaderamente me sorprende es ver cómo el fútbol ha sido capaz de unir a un país y sacar el orgullo –más o menos escondido- de los españoles por sus colores. Porque –y aquí es donde sale mi lado más patriota (algunos, pasada la emoción, me llamarán facha)- somos un gran país, pero se nos suele olvidar. Somos el país de Cervantes, el país de los descubridores, de Pablo Picasso, de Ferrán Adriá, de la pierna derecha de Villa y, de paso, de la izquierda (esto es un homenaje a ‘Love Actually’, para el que no lo haya notado)... pero, como he dicho, se nos olvida. Nos acomplejamos ante otras potencias cuyos individuos son, en el mejor de los casos, más altos y más rubios, pero nada más.
Tenemos una cultura, tenemos una historia que nos avala como un gran pueblo y, si bien no se trata de dejarnos poseer por el espíritu de Carlos I o de Felipe II y ponernos a retomar territorios que una vez nos pertenecieron, de lo que sí se trata es de saber que PO-DE-MOS. En el fútbol y en la vida. Si reconocemos nuestros errores y nos lo proponemos siempre, en cualquier ámbito PO-DE-MOS.
Y, en otro orden de cosas y volviendo al principio, no sé si se producirán, pero no pienso unirme a las críticas a Iker por el beso a su novia en horas de trabajo (de ésta). Si yo hubiera sido él, también la habría besado. ¡Ole por el capitán de la selección, que con ésta se crece y es el mejor guardameta con el que se pueda contar! ¡Ole por su actuación, ole por sus lágrimas de emoción al finalizar el partido y ole, por supuesto, por el beso a Carbonero!
Del outsorcing presidencial hablaré otro día.
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