De nuevo entre los vivos

La vida se ve de otro modo una vez que has saludado a la muerte.

martes, 13 de abril de 2010

¿Hacía falta tanto despliegue?

¿Hacía falta tanto despliegue como el que La Sexta le dedicó el sábado pasado al partido que enfrentó en el Bernabéu al Real Madrid y al Barcelona? Soy culé y aún así, me negué a contemplar como ganaba mi equipo en el santuario blanco por la sencilla razón que esas demostraciones de medios, ese espíritu fatuo, me enfurece.
¿Por qué? Porque Real Madrid y Barcelona se enfrentan todos los años como mínimo dos veces. Dos veces -repito, mínimo- desde hace muchos años... de modo que ¿Qué tenía ese partido de especial? ¿Qué lo diferenciaba de los otros que ha habido o de los otros que han de venir? ¿Las estrellas quizá? ¡Venga, por favor! Estrellas ha habido siempre en ambos equipos. Son los que más nombre y dinero tienen para comprarlas... ¿Merece eso que una cadena de televisión les dedique un día temático?
Sí, supongo que a los españoles todavía se nos puede engañar con 'pan y circo' como a los antiguos plebeyos romanos. De hecho, si La Sexta hubiera mandado a los hogares de cada telespectador que estaba mirando una pizza o algo así, la figura metafórica hubiera sido de lo más acertada. Pan y circo para distraernos de cosas verdaderamente relevantes; pan y circo para hacernos olvidar por un día la crisis, el paro, la precariedad que nadie parece capaz de solucionar...
Amén de los ingresos que se consiguieron, claro en dicha jornada y de haber echado una mano a que niñatos como Cristiano Ronaldo -por la edad, no por la personalidad- se convenzan todavía más de que son lo más parecido a dioses en la tierra y que pueden hacer su santa voluntad según les venga en gana.
¡¡¡Por dios!!!

viernes, 9 de abril de 2010

Adios, Cenicienta, adios


Mi amigo Salva me pide que escriba sobre este tema porque sabe que me pone particularmente nervioso, pero no me puedo resistir: voy a hacerlo.
Con menos sorpresa de la que podría haber esperado, el otro día leíamos en ABC que nuestra bienamada ministra de Igualdad, doña Bibiana Aído, arremetía contra le mismo lenguaje y sus genéricos, con una ‘alegría’ que a mí, por ejemplo, me espanta. Sí, esa es la palabra: espanta.
A esta señora se le ha ido la cabeza, ya no hay duda. Pero lo peor es que, si Zapatero le permite actuar de esa manera, es que estamos gobernados por un demente o un tonto. Sin ánimo de insultar, pero es que nada tiene sentido. La señora Aído quiere cargarse años de tradición lingüística a causa de un malentendido feminismo que podría calificarse más que de eso de ‘revanchismo’, de vendetta particular contra los representantes del sexo masculino porque, y es una hipótesis también, posiblemente no ligara nada en el instituto.
Ahora en serio: podría perdonarle eso. Podría perdonarle lo de los ‘miembros y miembras’ del Congreso porque si jugar con las palabras hace feliz a esta buena señora ¿Quién soy yo para entrometerme en su ministerial dicha? Pero lo que no puedo perdonarle es que también haya decidido cargar contra Disney. O sea, quiero decir ¿Mis hijos ya no pueden ver La Bella Durmiente, Blancanieves o La Cenicienta, porque son historias sexistas?
Señora ministra, repásese esos clásicos, que a lo mejor lo que pasa es que la protagonista es tonta o muy pero que muy pava y necesita efectivamente que la rescaten... no creo que haya sexismo en unas historias en donde las que mueven los hilos (repáseselas, por favor) son las propias mujeres. Porque el príncipe salva a la damisela, sí, eso es innegable, pero ¿Quién la pone en situación de ser salvada? Otra mujer. Habitualmente una mujer independiente, poderosa, fuerte y –en ocasiones- hermosa, que maneja su propio destino, sin preocuparse de tonterías. Muchas feministas de tres al cuarto deberían aprender algo de la reina-madrastra de Blancanieves; de la madrastra de Cenicienta; o de esa impresionante Maléfica. Señoras mías, son mujeres malas, sí, muy malas, pero que consiguen las cosas que quieren sin necesidad de minimizar al género masculino. Que no es que yo quiera acusar de nada, pero a lo mejor estamos ante una nueva forma de discriminación, señora Aído. Reflexione, por Dios sobre ello, que la veo muy perdida y coincido en que, andando con los años, cuando las generaciones venideras hablen del Ministerio de Igualdad, lo harán en conversaciones que producirán, cuando menos, risas.

lunes, 5 de abril de 2010

Nacidos para odiar

O para herir, que para el caso, casi es lo mismo. Porque, de hecho, odiar es básicamente improductivo, si no se hiere al contrario puesto que, en ese caso, el único que se pudre es el que odia.

Pero ¿Por qué odiamos? ¿Por qué odiamos los que haremos este blog? Por la frustración que nos genera el encontrarnos inmersos en una sociedad ñoña; bajo los designios de un Gobierno -el de ZP- que, como el americano, distrae la atención de los asusntos importantes con tonterías; y rodeados de ineptos que 'crecen' profesionalmente hablando sin que nadie en su sano juicio se explique el porqué.

Por eso odiamos.

Aunque es un odio con trampa. Quizá no es odio realmente, sino sólo desprecio. En esta España del siglo XXI no hay lugar para el talento, la creatividad o la inteligencia. No hay lugar más que para los lugares comunes, la vulgaridad y un 'divismo' incomprensible y absurdo que ¡¡¡Dios que horror!!! está muy arraigado entre los de mi profesión (los periodistas) como un cáncer.

¿Divismo de qué? Pues eso me pregunto yo también, señores. ¿De qué? ¿De qué? Si ya ha pasado el tiempo en el que el periodismo -por lo menos en España- era el cuarto poder. Ahora los periodistas pueden darse -o podemos darnos- con un canto en los dientes si alguien nos considera por lo menos 'mercenarios de la información' y no meras putas. Porque hemos sido nosotros -yo también- los que nos hemos cargado una profesión bonita, a base de tragar con todo, aceptar condiciones laborales de risa, no tener un convenio en condiciones, o aceptar que personas ajenas a este trabajo se pongan al frente de los altos cargos y asuman que lo que hacemos es 'copiar y pegar' con cierto arte.

O, ahora cada vez más, sin él. Pero eso también es culpa nuestra: por apalancarnos, recurrir a la ley del mínimo esfuerzo y seguir tragando sin pretensiones. Nos falta sangre. A los periodistas nos falta sangre en las venas. Así las cosas no tenemos más remedio que extinguirnos en favor de las belenes esteban de turno, las patricias conde, los publi-reportajes, o los señores miembros de consejos editoriales que se creen que son el ombligo del mundo y que deberían contentarse con llegar a ser el culo.

Señores míos, los periodistas teníamos poder, antes. Las altas esferas leían y temían nuestras palabras; se nos perseguía, llegado el caso. Y aunque no abogo porque eso llegue a suceder de nuevo, también pienso que ahora nadie se molestaría en hacerlo pues los de nuestro gremio somos, a ojos de la mayoría, unos vendidos de uno u otro bando.

Por eso este blog -que posiblemente no cuente con ningún seguidor jamás-. Por eso odiamos. Por eso estamos aquí.