
Mi amigo Salva me pide que escriba sobre este tema porque sabe que me pone particularmente nervioso, pero no me puedo resistir: voy a hacerlo.
Con menos sorpresa de la que podría haber esperado, el otro día leíamos en ABC que nuestra bienamada ministra de Igualdad, doña Bibiana Aído, arremetía contra le mismo lenguaje y sus genéricos, con una ‘alegría’ que a mí, por ejemplo, me espanta. Sí, esa es la palabra: espanta.
A esta señora se le ha ido la cabeza, ya no hay duda. Pero lo peor es que, si Zapatero le permite actuar de esa manera, es que estamos gobernados por un demente o un tonto. Sin ánimo de insultar, pero es que nada tiene sentido. La señora Aído quiere cargarse años de tradición lingüística a causa de un malentendido feminismo que podría calificarse más que de eso de ‘revanchismo’, de vendetta particular contra los representantes del sexo masculino porque, y es una hipótesis también, posiblemente no ligara nada en el instituto.
Ahora en serio: podría perdonarle eso. Podría perdonarle lo de los ‘miembros y miembras’ del Congreso porque si jugar con las palabras hace feliz a esta buena señora ¿Quién soy yo para entrometerme en su ministerial dicha? Pero lo que no puedo perdonarle es que también haya decidido cargar contra Disney. O sea, quiero decir ¿Mis hijos ya no pueden ver La Bella Durmiente, Blancanieves o La Cenicienta, porque son historias sexistas?
Señora ministra, repásese esos clásicos, que a lo mejor lo que pasa es que la protagonista es tonta o muy pero que muy pava y necesita efectivamente que la rescaten... no creo que haya sexismo en unas historias en donde las que mueven los hilos (repáseselas, por favor) son las propias mujeres. Porque el príncipe salva a la damisela, sí, eso es innegable, pero ¿Quién la pone en situación de ser salvada? Otra mujer. Habitualmente una mujer independiente, poderosa, fuerte y –en ocasiones- hermosa, que maneja su propio destino, sin preocuparse de tonterías. Muchas feministas de tres al cuarto deberían aprender algo de la reina-madrastra de Blancanieves; de la madrastra de Cenicienta; o de esa impresionante Maléfica. Señoras mías, son mujeres malas, sí, muy malas, pero que consiguen las cosas que quieren sin necesidad de minimizar al género masculino. Que no es que yo quiera acusar de nada, pero a lo mejor estamos ante una nueva forma de discriminación, señora Aído. Reflexione, por Dios sobre ello, que la veo muy perdida y coincido en que, andando con los años, cuando las generaciones venideras hablen del Ministerio de Igualdad, lo harán en conversaciones que producirán, cuando menos, risas.
Con menos sorpresa de la que podría haber esperado, el otro día leíamos en ABC que nuestra bienamada ministra de Igualdad, doña Bibiana Aído, arremetía contra le mismo lenguaje y sus genéricos, con una ‘alegría’ que a mí, por ejemplo, me espanta. Sí, esa es la palabra: espanta.
A esta señora se le ha ido la cabeza, ya no hay duda. Pero lo peor es que, si Zapatero le permite actuar de esa manera, es que estamos gobernados por un demente o un tonto. Sin ánimo de insultar, pero es que nada tiene sentido. La señora Aído quiere cargarse años de tradición lingüística a causa de un malentendido feminismo que podría calificarse más que de eso de ‘revanchismo’, de vendetta particular contra los representantes del sexo masculino porque, y es una hipótesis también, posiblemente no ligara nada en el instituto.
Ahora en serio: podría perdonarle eso. Podría perdonarle lo de los ‘miembros y miembras’ del Congreso porque si jugar con las palabras hace feliz a esta buena señora ¿Quién soy yo para entrometerme en su ministerial dicha? Pero lo que no puedo perdonarle es que también haya decidido cargar contra Disney. O sea, quiero decir ¿Mis hijos ya no pueden ver La Bella Durmiente, Blancanieves o La Cenicienta, porque son historias sexistas?
Señora ministra, repásese esos clásicos, que a lo mejor lo que pasa es que la protagonista es tonta o muy pero que muy pava y necesita efectivamente que la rescaten... no creo que haya sexismo en unas historias en donde las que mueven los hilos (repáseselas, por favor) son las propias mujeres. Porque el príncipe salva a la damisela, sí, eso es innegable, pero ¿Quién la pone en situación de ser salvada? Otra mujer. Habitualmente una mujer independiente, poderosa, fuerte y –en ocasiones- hermosa, que maneja su propio destino, sin preocuparse de tonterías. Muchas feministas de tres al cuarto deberían aprender algo de la reina-madrastra de Blancanieves; de la madrastra de Cenicienta; o de esa impresionante Maléfica. Señoras mías, son mujeres malas, sí, muy malas, pero que consiguen las cosas que quieren sin necesidad de minimizar al género masculino. Que no es que yo quiera acusar de nada, pero a lo mejor estamos ante una nueva forma de discriminación, señora Aído. Reflexione, por Dios sobre ello, que la veo muy perdida y coincido en que, andando con los años, cuando las generaciones venideras hablen del Ministerio de Igualdad, lo harán en conversaciones que producirán, cuando menos, risas.
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